La madre suficientemente buena
Publicado el 21 de Enero, 2026

Vivimos en una cultura que nos bombardea con imágenes de maternidades idílicas: casas ordenadas, bebés tranquilos/as y madres que parecen poder con todo. Se nos exige sostener una pareja estable, una crianza amorosa y una productividad intacta, como si la llegada de un hijo no implicara una transformación profunda. Y es necesario decirlo desde el inicio: esa perfección no existe. Esa exigencia constante no solo genera culpa y frustración, sino que nos quita algo fundamental: la posibilidad de errar, aprender y construir una maternidad real.
Por eso hoy quiero detenerme en un concepto que, lejos de imponer un ideal, trae alivio: la madre suficientemente buena.
Este término fue desarrollado por el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, y su planteo es tan simple como revolucionario: para que un bebé crezca sano, no necesita una madre perfecta.
En los primeros tiempos de vida, el bebé se encuentra en un estado de total dependencia. No se percibe como un ser separado del mundo; vive en una experiencia de fusión, de simbiosis, donde sus necesidades y el entorno parecen ser una misma cosa.
En este momento aparece lo que Winnicott llamó preocupación maternal primaria: una disponibilidad casi total de la madre, una sensibilidad profunda para responder de manera inmediata al llanto, al hambre, al malestar. En esta etapa, ser suficientemente buena implica adaptarse activamente a las necesidades del bebé. Esa experiencia inicial es fundante de la seguridad psíquica.
Con el paso del tiempo, y a medida que el bebé va creciendo, la madre comienza de forma natural a salir de ese estado de disponibilidad total. No porque deje de atender sus necesidades (que siguen siendo prioritarias), sino porque empieza a recuperar aspectos de sí misma: su cuerpo, sus intereses, su mundo interno.
El bebé continúa siendo cuidado, sostenido y acompañado, pero ya no desde una fusión absoluta. La madre sigue estando, aunque no exclusivamente para él. Y es justamente en ese movimiento, gradual y amoroso, donde el niño comienza a percibir que el otro existe como persona, que el vínculo no desaparece cuando la madre no está completamente disponible.
Esta transición no implica separación ni abandono, implica un crecimiento compartido, donde el bebé aprende que puede ser cuidado sin que la madre deje de ser ella misma.
Ser una mamá suficientemente buena es una relación viva, humana, imperfecta y sostenida en el tiempo, y sobre todo posible.
La sociedad, sin embargo, nos exige una serenidad y una productividad que son incompatibles con la ambivalencia natural de la maternidad. Nos sentimos mal si perdemos la paciencia, si la casa es un caos o si necesitamos estar solas un rato. Pero reconocer los propios límites no nos vuelve peores madres; muchas veces nos vuelve más disponibles y más reales.
Nuestros hijos e hijas no necesitan una superheroína. Necesitan una madre de carne y hueso, que ame profundamente, que a veces se equivoque y que, aun así, siga estando.
Recordalo siempre: no sos una mala madre por estar cansada o por no llegar a todo. Sos una madre real, y eso, para el desarrollo de tu hijo/a, es más que suficiente.