Ser papá: el valor de la presencia real en la crianza
Publicado el 04 de Febrero, 2026

En esta columna hablaremos de corresponsabilidad, maternidad y paternidad, pero también de mandatos y costumbres culturales que nos siguen atravesando incluso cuando queremos hacer las cosas distinto. Hoy quiero detenerme en una frase que se repite casi por inercia: “el papá ayuda”.
Ayudar en la crianza es lo que hace una abuela, una amiga, un vecino. Son apoyos valiosos, a veces imprescindibles, pero no son quienes decidieron traer a ese bebé al mundo. El padre, si está presente en la configuración familiar (más allá de si esta en pareja con la mamá o no), no es un invitado en la vida de su hijo o hija; es uno de sus dos pilares. Cuando hablamos de “ayuda”, aunque no sea la intención, dejamos implícito que la responsabilidad final sigue siendo de la mamá y que él solo colabora, como si estuviera haciendo un favor.
Asumir la paternidad no es solo ejecutar tareas. No se trata de “hacer cuando me lo dicen” ni de esperar indicaciones. Asumir es registrar, anticiparse, entender qué hace falta antes de que alguien lo pida. Cuando el padre necesita que todo le sea pedido, explicado o recordado, la carga mental sigue recayendo en la mujer. Y esa es una de las formas más invisibles y agotadoras de la maternidad.
Muchos padres quieren estar, tienen un deseo genuino de involucrarse, de acompañar, de hacerlo bien. Y esto también es importante decirlo. Pero querer no siempre alcanza si no se traduce en presencia concreta, cotidiana y sostenida. El problema no es no saber; el problema es quedarse en ese lugar sin revisarlo, sin pedir ayuda, sin hacer un proceso propio.
La diferencia entre “estar” y realmente “sostener” es enorme, y se vuelve especialmente visible en el puerperio, cuando la mujer atraviesa una etapa de profunda vulnerabilidad física y emocional. Ahí muchas mujeres descubren una soledad inesperada. No siempre porque estén solas, sino porque esperan algo que no llega. Y esa espera que se estira en el tiempo suele transformarse en cansancio, frustración y, muchas veces, en decepción.
Un padre que asume su rol no solo cuida al bebé, también cuida a la mujer que acaba de parir y a la pareja en sí misma. Está disponible para escuchar, para registrar, para sostener con el cuerpo y con la presencia. Esa disponibilidad real transforma la experiencia de todos: del bebé, que crece sintiéndose seguro; de la mujer, que no queda sola cargando; y del propio padre, que construye un vínculo genuino desde el inicio.
A todo esto se suma el peso del entorno. Muchos hombres chocan con discursos del tipo “qué genio, cómo está con su hijo o hija”, “ayuda un montón”, o el clásico “lo tenés cortito”, dicho directamente a la madre. Comentarios que, lejos de promover la corresponsabilidad, refuerzan la idea de que cuidar no es su lugar natural. Así, incluso los padres que quieren involucrarse quedan atrapados en un rol incómodo. Estos mensajes no solo impactan en esa familia, también construyen referencia para otros padres que miran, aprenden y se ubican, o no, en ese lugar.
Del otro lado, muchas mujeres callan. No porque no estén cansadas o desbordadas, sino porque sienten que deberían poder. Porque eligieron maternar y creen que eso implica no quejarse, no pedir, no incomodar. El mandato de la “buena madre” también incluye ese silencio. A veces, esto se traduce en una pareja que desde afuera parece funcionar, pero que por dentro va acumulando una grieta que crece y pesa. O directamente en una separación (y acá se abre otro gran tema sobre todo en la continuidad de la presencia de ese papá en la vida del hijo/a).
No se trata de señalar culpables individuales, sino de nombrar una realidad cultural que sigue distribuyendo los cuidados de forma desigual. La corresponsabilidad real no aparece de un día para el otro: se construye, se aprende y también se revisa. Implica que el padre pueda preguntarse, mirarse y, si no puede, pedir ayuda. Y que la mujer no tenga que sostener sola ni cargar con la tarea de enseñar a otro adulto a estar presente, continúen como pareja o no.
La corresponsabilidad real es el alivio de saber que, si una afloja, el otro sostiene. Que no hay que pedir permiso para cuidar, porque el cuidado es un derecho y una responsabilidad compartida.